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Oko, mi perro

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Mi cocker Oko

Cuando Oko llegó a casa era una bolita negra de pelo hiperactiva, con largas orejas.
A mí, por aquel entonces, me daban miedo los animales; un miedo atávico que mi padre atribuye a una mala experiencia que tuve de pequeña con un can, de la que no guardo recuerdo alguno, y yo, a que él se ponía en alerta cuando había un perro cerca de mí y me transmitió ese miedo…
Sea como fuere, un día mi hermana anunció en la comida que Gretel, la perra de su amiga Regina, iba a tener cachorros y cada amiga se iba a quedar con uno.
Mi madre, sin apenas inmutarse, dijo que ni de broma entraba un perro en casa y zanjó el tema convencida de que si a la finca de Regina mi hermana iba y volvía en autobús, no iban a dejarla subir a éste con un cachorro…. Pero no tuvo en cuenta un detalle: el conductor de la línea era el mismo que nos llevaba al cole de pequeñas, y mi hermana siempre ha sido una niña encantadora y sociable, a la que no le costó nada camelarse a Jesús y traer a casa a esa bolita negra en brazos desde no sé que pueblo.

¿QUÉ ES EL VIENTO?: LAS OREJAS DE OKO EN MOVIMIENTO
Fue verle la carita, las orejas al viento mientras corría por el pasillo, ese rabo más largo de lo que debiera que un veterinario despistado le dejó -y lo hacía ‘imperfecto’ para su raza- moverse sin cesar, y caer rendidos a su pies mis padres y yo (mi madre confiaba en mi veto negativo, pero no tuvo ‘suerte’ y me lo agradeció infinito después).

Yo siempre he sido de buen dormir y nunca me enteré de esas noches en vela tratando de que funcionara el viejo truco de poner un reloj cerca de su oreja para hacerlo pasar por el latir de corazón de la madre.
Ni de esos llantos delante del balcón para salir a hacer pis de madrugada… Un logro conseguido después de acabar con una significativa cantidad de periódicos para cubrir el suelo de la cocina…

En 2002 entré a trabajar en Jara y Sedal (revista) y publicaba de vez en cuando notas sobre competiciones caninas -agilidad, belleza…- y me empecé a plantear si podríamos presentar a alguno a Oko; y aunque para nosotros apuntaba maneras -si todos los hijos son ‘lo más’, qué decir de los pets…- nunca pasó del “siéntate” (en castellano, nada de ‘sit’), “dame la patitia, la otra, la otra”… y así en bucle y por un único motivo: la recompensa final, un trozo de pan. Así, como lo leen, con sus tres letras, PAN.

Después de 15 años no hemos descubierto por qué lo que más le gusta del mundo mundial a nuestro cocker es el pan; cierto es que no le hace ascos al pollo, al jamón, a la carne guisada… pero es ver a alguien llegar a casa o caminar por el pasillo, y ponerse bajo el cajón del pan moviendo el rabo y a veces, hasta jadeando. Por no mencionar esa suerte de chantaje emocional a modo de lamento que le hace a mi madre cuando habla desde el teléfono de la cocina…

¿Y no está loco para ser un cocker?
En los perros también hay lugares comunes y leyendas urbanas, y todo el mundo conoce al primo de un amigo que tenía un cocker y tuvieron que sacrificarlo porque estaba loco…
Oko, y decenas de cockers más que he conocido en estos 15 años, rompe el mito.
Hiperactivo: por supuesto; loco, no.
Cada mañana mi padre saca a Oko de paseo, a veces media hora, otras 2; los fines de semana, desde el desayuno a la hora de comer.
Va al parque, recorre la ciudad, entra en bancos, a ver a clientes de mi padre, y hasta a tomar el aperitivo. ¡La de veces que yendo conmigo ha entrado en bares, en plan cliente habitual, moviendo su culito respingón y su rabo imperfecto y los camareros han salido tras la barra a saludarle y darle pan!

Tener cuatro ‘dueños’ podía suponerle un estrés, pero él lo ha sabido aprovechar en su favor
¡no valdría para campeonatos de agilidad, y a veces tiene momentos Odie (el de Garfield), pero de tonto no tiene un pelo!
Con mi padre pasea, y como es su ‘ojito derecho’ -a falta de nietos….- olvidaba a su lado cualquier enseñanza de no cruzar las calles antes de que le diéramos la orden, y en cuanto le soltaba la correa a una manzana del parque, se lanzaba a correr cruzando en diagonal, esquivando ruedas de coches si era necesario. Más de una vez estuve al borde de la histeria viendo eso…
En mi madre encontró el chollo alimenticio: si sobraba salsa de carne, le echaba un poco en el pienso para que le supiera mejor; le bailaba el agua en cuanto le daba pan con lamezatados y algarabías, y ella empezó a comprar una barra de más “para el perrito”…
En mi hermana, en teoría y según todos los papeles su ama, alguien con quien salir fuera del horario habitual, y por supuesto, muchos mimos y juegos, como el famoso ‘A patas’, una suerte de calientamanos perruno.
Y en mí, los juegos. Un día llegó de la calle a medio día y se acercó a saludarme a la habitación donde yo estudiaba; puso las dos patas delanteras encima de mis apuntes y me levanté para jugar con él por el pasillo con la pelota que traía en la boca. Al rato volví a mi mesa de estudio, y se acercó de nuevo algo cansado. Lo senté en mi regazo y de un salto se subió a la mesa (dos metros de largo y casi uno de ancho). Desde entonces, se convirtió en un ritual que mientras estudiaba viniera un rato, a veces horas, a mirar por la ventana desde allí, o a echarse una siesta en una esquina.

LOS PATUCOS
Coincidió que a los dos años de tener a Oko nos mudamos de casa y mi madre entraba en ataques de nervios cuando veía o oía cómo derrapaba por el largo pasillo de tarima tras las pelotas o muñecos que yo le lanzaba; así que un día nos escondió los jugetes y se plantó frente a nosotros: si quiere jugar, que se ponga patucos. Efectivamente, le había hecho con calcetines viejos unos patucos con una goma que se encajaba en el tobillo. ¡Qué dirían tus amigos del parque si te vieran así, Oko! Nos burlábamos de él.
El pobre Oko se escondía tras el sofá con la pelota cuando oía a mi madre acercarse a él, y ¡qué resbalones se pegaba el pobre por la tarima cuando iba a todo correr con aquello puesto!
Cuando descubrió cómo quitárselos, mi madre ideó otro sistema con unas cintas…

Antecedentes cazadores, perro urbanita.
Que tuviera sangre de perro de caza no implica que nunca cazara nada; si estaba cerca de un río, se lanzaba a él de cabeza; desde el balcón y la terraza de la cocina le señalábamos los pájaros sigilosamente, nos escondíamos, y él se asomaba por la barandilla ladrando.
Una vez en la finca de unos amigos salió corriendo tras una liebre, después del primer quiebro se paró y nos miró moviendo el rabo para que aplaudiéramos su amago de caza.
Demasiado urbanita el can ;)

La de noches que pasó en la terraza del actual Doze, antiguo Tintín, recibiendo mimos de nuestros amigos y de las mesas de al rededor y bebiendo agua a lametazos del tapón de la botella hasta que los camareros nos sacaban un recipiente.
Otras noches, las más, nos delataba cuando llegábamos de copas: aparecía con sus ojos entrecerrados, meneando el rabo, y se tumbaba bocarriba a que le rascáramos la tripa durante largo rato. Con el tiempo, descubrimos que había un tramo horario en el que si no hacíamos muchos ruido no se despertaba y no escuchábamos a alguno de nuestros padres decir aquello de qué horas son éstas….

Oko nos ha acompañado en momentos felices y en momentos tristes; un peluche andante al que hemos disfrazado, puesto lazos en las orejas, camisetas, gafas, gorras; hemos abrazado y mimado hasta la saciedad -la suya-, le hemos contado nuestras penas y nuestras alegrías (inventándonos por supuesto su respuesta ;)

El miércoles pasado nos informaron de que tiene una insuficiencia renal, una dolencia crónica, de la que no se puede recuperar. Ahora mismo alterna momentos de debilidad con otros de actividad, responde a estímulos, nos busca, nos mira, y según el veterinario, no le duele nada -solo tiena incómodas arcadas de vez en cuando-, pero como no come bien, está débil.

Mientras escribo estas líneas nos planteamos si ponerle en los próximo días la inyección de la eutanasia y cuándo o dejar que muera en casa y alargar nuestro dolor.

Oko está en mi regazo, y me mira. Yo le aplasto y le beso, y no puedo creer que el próximo fin de semana que venga a Salamanca no me reciba en casa.

De tapas por Salamanca I

En Salamanca se alterna, se sale a tomar una caña, un vino, un pincho  -o simplemente ‘se sale’ y todo el mundo entiende a dónde se va. Supongo que como en muchas ciudades de provincias, pero en charrilandia, si el asunto se alarga, la liada tiene nombre y se llama ‘café torero’.

Imagen: http://imagenes.gratis.es

En los domingos de mi infancia, los padres se -y nos- emperifollaban, y quedaban con los amigos.

Calamares,croquetas y aceitunas era el gran clásico infantil. Las gambas con gabardina en ocasiones esporádicas -a las madres les preocupaba lo del demasiado rebozado y poca gamba. Y los ‘cueros’, cortezas fritas  en las que se sirve la ensaladilla, y al conjunto del pincho se le llama ‘paloma‘.

Ensaladilla en paloma

DE LAS TORTILLAS RELLENAS A LOS MORUNOS                                                                            No recuerdo cuales eran los pinchos estrella para adultos en los 80, pero en los 90 fueron las tortillas rellenas -gigantes tortillas de patata…o sucedáneo partidas a la mitad rellenas de atún, mahonesa y huevo; de lechuga y boca de mar; de calabacín frito… Una aberración que se impuso en casi todos los bares, en especial, en los de la Plaza Mayor: Cervantes, don Mauro

Después llegó el éxito de los pinchos a la parrilla: lomo, morunos, panceta y chorizo. Una oda al cerdo -no siempre ibérico- que un casi adolescente llamado Isma convirtió en moda y desde los establecimientos de la calle Van Dyck se extendió al centro. Una tendencia que no solo continúa sino que ha aumentado el número de establecimientos de la calle, y aparece en las guías turísticas sobre la ciudad.

Tiempo después Isma montó entre Van Dyck y el centro un par de locales de tapas en los que apostó primero por las tostas y luego por las sartenes, de nuevo, con notable éxito.

En la misma zona, Aurelio, cocinero formado en el País Vasco montó a principios de los 90 La oficina, y desde alí, creando en la cocina y atendiendo en la barra, fue enseñando a los salmantinos que la buena cocina se puede degustar en pequeñas raciones y cuidadas tapas. En estos años ha cambiado de local, a otros de mayor tamaño, un par de veces, y aunque ni está en el circuito turístico, está siempre lleno.

PLUS ULTRA
Si cuando eres pequeña descubres que el dueño de un bar se apellida nada menos que Seisdedos,  y que conoce a tu madre desde niña, la fascinación es doble. Y no sólo eso, en el Plus Ultra además se comen los mejores calamares en tempura del mundo; también pimientos en tempura y espectaculares banderillas de alcachofas, de huevo duro….

Está al lado de la Plaza Mayor y es lugar de reunión de público taurino -ganaderos, toreros…. El Plus Ultra fue uno de los primeros locales en saltarse ese pacto no escrito de que en los bares de Salamanca el pincho no se cobra: va incluido con la bebida. Es decir, no era ni es local de visita diaria, pero en el Plus muchos salmantinos descubrimos la tempura antes de que la cocina japonesa llegara a España y de saber el nombre de tan exquisito rebozado.

Y al igual que hace unos años salió un artículo diciendo que fue un cocinero español el que enseñó la técnica de la tempura a los japoneses, yo me he preguntado más de una vez si un japonés no le robaría la receta a Manolo Seisdedos y la popularizó en Japón.